Las Tribus del Metro -Diario de un novato explorador urbano- Acudía al trabajo medio dormido cuando por las escaleras del Metro me adelantó un hombre bajito con un gorro de lana. ¿Y qué tiene de especial que te adelanten en el Metro? En principio, nada. La gente en Madrid va con prisa, arrastrada por la marea uniforme que se mueve como corrientes de hormigas ante un suculento botín. Pero aquel hombre lo hizo de una manera peculiar: bajaba las escaleras de dos en dos, incluso de tres en tres, con una agilidad insultante. Descendía como si hubiera nacido allí, como si los pasillos subterráneos fueran su hábitat natural, un anfibio urbano sin gravedad en sus zapatillas. Gran Andador En ese instante, recuerdo que olía a colonia barata de diario y café. Saqué mi libreta —sí, esa que aún resiste a las pantallas— y me puse a tomar notas. Decidí investigar a las diversas tribus que habitan el Metro de Madrid. A aquel hombre veloz y fugaz fue el principio y lo bauticé como el “Gran Andador...
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La Comunciación que nos Incomunica.
Foto de internet. Sin identidad Tal vez por que soy de otra generación, una generación de pelota y canicas, de porterías de piedras y trompos pintados a mano., tal vez por ello, no entiendo como los niños actuales pueden pegar la cara a la "maquinita" durante horas. Resulta que ayer cogí los bártulos y me presente en una piscina pública a disfrutar del sol, y del baño (algo bueno debe tener estar parado) y mientras me achicharraba y barnizaba mi piel con cremas protectoras me percate que eran muchos los niños que bajo la sombra y arrimados a sus madres no movían un musculo, bueno si, los dedos. Atrapados por las "maquinitas" eran incapaces de bañarse, de moverse, petrificados gesticulaban con la cara según fuese saliendo el resultado del juego de moda. Que diferencia, yo apenas paraba, de un lado a otro de la piscina, siempre quemado por el sol, junto al bordillo tirándome de mil formas y retando a mis amigos o primos, un balón de propaganda servia para ensay...
Un pequeño Pais llamado Renfe. Parte II
Renfe, ese pequeño país donde todo puede suceder. Resulta que como cada semana me dispongo a viajar en tren, un placentero viaje rodeado de campos y acompañado con un buen libro. Rearmo mi bolso de viaje y con un tiempo más invernal de lo que tocaría en estos días me dirijo a la estación, entre pensamientos y canciones de el Último de la Fila. Cuando llego a la estación, unos diez minutos a pie, todo esta en su entera normalidad, los gatos recorren las instalaciones como si de su propiedad se tratase, el nido de cigüeña sigue en la casa afrancesada que reside justo en frente, las vías frías esperan la llegada del próximo tren que anuncia la voz robotizada del taquillero automático. Mi tren es en vía 1, y debo de cruzar, y es justo en este momento cuando me sorprende el encargado de la estación. Me pregunta donde me dirijo y me dice que el tren está averiado, que no circulará, así que Renfe, este pequeño país nos pone un taxi...

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